04 mayo 2016

- cuello de caracol -

A la muerte de Doña Serena, la Tuerta deambuló dubitativa varios días por los alrededores de la casa del viudo. Nadie habría podido imaginar una relación entre ambas, dado que poco había, en apariencia, que pudiera ligar a la veinteañera con la difunta nonagenaria.

La muchacha había nacido con una deformidad en el rostro que le inutilizaba un ojo, y como consecuencia llevaba un parche con el símbolo de la paz, sufría de humores melancólicos y se daba con facilidad y hastío a los hombres que mostraban gana de ella. Precisamente por su deficiencia visual, había porfiado hasta trabajar en una tienda de fotografía de barrio, revelando carretes y vendiendo álbumes de cartón y marcos de metacrilato.

Doña Serena, por su parte, era un ama de casa casada con un longevo y tenaz Don Claudio. Pese a que la diferencia entre ambos era de doce años, Don Claudio, a sus ciento tres, había sobrevivido a su esposa y la había atendido diligentemente y con lucidez en su prolongada demencia.

- Don Claudio, le ruego que me disculpe por molestarle en su aflicción. Su difunta esposa, que Dios acoja en su gloria, me era una mujer querida, pese a que solo tuve el placer de conocerla durante unos meses, hace unos años.

La Tuerta rumió estas palabras en una docena de ocasiones ante la puerta del viudo, pero siempre le faltó valor para llamar al timbre e importunar el desconsuelo que le suponía. Maldijo su timidez, la misma que la había conducido hasta aquella puerta, y al fin se decantó por una opción más innoble: durante seis noches se dio a rebuscar en la basura de Don Claudio.

Con el corazón arremangado, removió faldas con blusas, rulos con lacas y cremas y guantes. Vio pasar una vida en zapatos y medias. Imaginó en una punzada el alma quebradiza del viejo al deshacerse de aquellas enaguas. Respiró su pesadumbre centenaria al contemplar la ropa de mujer cuidadosamente doblada antes de ser depositada en la basura.

Al fin, su penoso husmeo dio frutos: la Tuerta rescató un álbum de fotos oculto bajo una colección de libros de cocina.

Es difícil describir la conmoción de la muchacha al sostener el objeto que la había atormentado en sus noches de adolescente, arrodillada ahora en un callejón, entre basuras, sucia y afligida. Huyó con su tesoro bajo el abrigo hasta un banco junto a una farola, y allí lo examinó.

Estaban todas, no eran más de un centenar. Las recordaba, una por una, pese a los años transcurridos, porque eran las mismas manos ladronas que ahora tanteaban aquellas fotografías las que en su momento las revelaron a petición de la anciana.

Las fotos de una vieja demenciada, decía su jefe. Lástima de mujer, Doña Serena, decía. Fotos sin significado, desenfocadas, de objetos incomprensibles. Unos pocos carretes, no muchos.

La Tuerta despegó una de las fotografías, borrosa, de una mancha grisácea y de aspecto resbaladizo, demasiado cerca para identificar qué podría ser. La volvió, y sus latidos se desbocaron; allí estaba la escritura temblorosa de la anciana, desvelando por fin su pequeño misterio personal. Decía: "El cuello de un caracol".

Despacio, con avidez dolorosa, la Tuerta fue volviendo una por una todas las fotografías y descifrando la escritura de la anciana.

La axila de un árbol. Cable telefónico. Tierra de un alcorque. La pata de un caballete. Cola de un perro meneándose. Respaldo. Boca de alcantarilla entreabierta. Manga del abrigo de Don Hilario, el librero. Ladrillo mojado. Barrote de la reja de la parroquia de Santa Águeda. Rueda.

La Tuerta repasó las fotos y sus leyendas durante horas, tomándolas con cuidado por el borde, hasta que amaneció. Entonces, con el alma entumecida, volvió a colocarlas en su lugar, una por una, ocultando de nuevo y para siempre los apuntes secretos que solo Doña Serena y ella compartieron.

Volvió sobre sus pasos y depositó el álbum en el montón de libros de donde horas atrás lo había secuestrado. Cuando se alejaba camino de la tienda, cercana ya la hora de abrir, escuchó a su espalda el ruido de un camión y le llegó el olor dulzón de la basura.



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- té -

Cuando a los doce años Libio Valania descubrió a Ariadna en una revista para adolescentes, quedó inmediatamente enamorado de ella y supo que sería suya no importaba lo que costase. Ella era entonces una estudiante de canto que apenas debutaba con veinticuatro años, de voz sutil y gesto tranquilo, con una mirada veteada de sabiduría y un mechón blanco que cebraba su melena oscura.

Libio empleó los siguientes seis años en averiguar todo sobre Ariadna. Supo de su preferencia por el té oriental, la ropa blanca y los gatos atigrados; conoció su afición por la pintura abstracta y las legumbres y el chocolate con naranja; siguió sus giras y coleccionó sus discos con la disciplina de un fan; supo incluso las dos virtudes que admiraba en los hombres: paciencia y nobleza.

Cuando Libio cumplió los dieciocho, Ariadna contaba treinta años, seis discos y un divorcio, y no sabía nada del joven. Siguiendo su línea obstinada, Libio decidió entonces cultivar hasta el grado superlativo las virtudes que Ariadna reclamaba.

Cruzó el mundo buscando dónde ejercitar su paciencia, y se asentó en Sri Lanka, la Lágrima de la India. Allí cultivó té blanco de Ceilán, que se recolectaba hoja a hoja con las manos. La leyenda decía que las hojas debían ser tomadas con la misma delicadeza con que un hombre debía tomar a su esposa en su primera noche, y con tanta dulzura como debía mostrarle en su última noche de ancianos antes de morir.

Libio empleó así otros seis años, y al cabo fue un hombre de veinticuatro años disciplinado y estoico, con una paciencia de piedra que emanaba de sus entrañas e infundía temor y admiración a su alrededor. Ariadna contaba treinta y seis años, había escrito dos libros, estaba casada de nuevo y tenía una hija en edad escolar.

Quiso entonces Libio descubrir la nobleza, y paradójicamente lo hizo a través de las prostitutas. Cruzó la India y parte de China caminando, y se asentó en Kirguistán, trabajando en los peores burdeles como protector de las damas. Durmió en camastros de madera, se alimentó de pan ácimo y agua, y rompió brazos y cuellos de clientes intolerables.

En los seis años que duró esta vida, Libio se acostó con todas las prostitutas de los burdeles donde trabajó para aprender las sutilezas orientales del sexo, lo que, combinado con su paciencia de recolector de té, hizo de él un amante imaginativo, diligente y sereno.

No obstante, la nobleza que hizo de Libio un hombre legendario en Kirguistán provino de una curiosa elección: a sus treinta años, con miles de mujeres en su acervo, por decisión propia no había experimentado un orgasmo. Lo reservaba para Ariadna.

El día en que Libio dejó Jalal-Abad para buscarla al fin, todas las prostitutas lo acompañaron hasta la salida de la ciudad con pañuelos negros, y durante seis semanas no hubo sexo en todo el país en señal de respeto por su causa.

El Libio que desembarcó en el puerto de Ostia para conocer a una Ariadna casada, feliz y con tres hijas no era ya el adolescente que inició su viaje, sino un hombre fuerte, de semblante serio y ojos ardientes como ascuas, dueño de un gesto imperioso y elegante ante el que los hombres se hacían menudos y las mujeres perdían el aliento. Su abdomen contenido emanaba poder, sus brazos nervudos y proporcionados infundían reverencia, sus manos de amante y recolector de té despertaban fascinación, y la determinación de su mirada abría camino entre las multitudes.

Fue este Libio quien empujó suavemente la cancela del jardín de Ariadna, desnudo el torso y alborotado el cabello por el viento romano. A sus cuarenta y dos años, nacarado ya su cabello antaño oscuro, Ariadna cultivaba té blanco de rodillas ante su villa etrusca. Su familia se encontraba lejos, atendiendo asuntos ajenos.

Ariadna quedó tan hondamente conmovida por la imponencia del hombre que avanzaba hacia ella que se apoyó sin aliento y quebró sin quererlo una planta de té. Él se acercó despaciosamente y reparó sin prisa la planta, musitando en sinhala una letanía de disculpa.

Hicieron el amor durante seis horas entre las hojas de té, que olían a miel, cobre y resina, sobre la tierra italiana, hasta que cayó la tarde sobre ellos.

El orgasmo fue único y compartido, tan intenso que iluminó la noche y produjo un temblor de tierra que se sintió en todo el Lazio, tan fecundo que a su alrededor la cosecha de té maduró en un instante y todos los jardines de la comarca florecieron. Ariadna quedó embarazada de gemelos, que de nacer habrían sido mujer y hombre, y habrían llevado nombres italokirguises nunca oídos.

Los cuerpos de Libio y Ariadna se consumieron en la fiebre del orgasmo fértil, se fundieron con la tierra, y en la villa etrusca brotó un jardín tropical de orquídeas blancas, resguardado por dos jacarandás cuyas flores cárdenas alfombraron el suelo y sobrevivieron todavía a seis inviernos.

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- rabia -

Farid Arrieta se puso naranja:
De un rubor al principio, o un sonrojo,
hasta hallarse un día, lleno de enojo,
no rojo,
naranja.

Zanahoria, sentenciaban sus amigos.
Naranjito, lo arrullaba su mujer.
(Sus hijos no expresaban su tendencia,
pues Farid no tenía descendencia).
Y consta que su intención no hubo de ser
sorprender
a los testigos,
puesto que Farid no escogió su apariencia,
que sólo aguantó hasta colmar la incidencia
su paciencia.

"Farid", dijo el doctor, "tiene usted rabia".
"¿Rabia como los perros, las ratas hindúes",
dijo Farid, "o quizá las mangostas de Arabia?"
"No", dijo el médico, "como los tragañúes".

El médico clavó a Farid, disimulando,
la punta de un bisturí o de un cuchillo
donde la espalda pierde su nombre adulatorio,
y Farid escupió un ñu, entero, vivo y coleando,
que saltó con gracia al suelo del consultorio,
y se alejó por el pasillo
trotando.



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- batiscafo -

¡Naufragan los piratas malos! - volvía a gritar, la camisa empapada de agua y espuma, y bajaba la voz para añadir: - Y en las profundidades marinas, las bestias oceánicas morderán el casco y vivirán entre tesoros perdidos, y dentro de diez siglos quizá un explorador intrépido y mojado bajará en un batiscafo y encontrará... ¡cofres de oro y huesos de bestias legendarias!

Tiraba entonces del tapón de la bañera, dejaba una toalla seca sobre el bidet, e iba al otro cuarto de baño a atender al hermano de Marte.

Y Marte se quedaba tumbado en el agua menguante, imaginando como el barco pirata era inexorablemente arrastrado hacia el remolino, perseguido por un monstruo translúcido de diez mil costillas. Oía los gritos fieros de los bucaneros que luchaban contra la bestia hasta morir ahogados o devorados. Veía los mástiles quebrarse, rasgarse las velas, desprenderse el mascarón. Y olía el miedo de los hombres de mar, mezclado con la sal y el gel de baño infantil.

En los apenas cinco minutos que tardaba el agua en desaparecer, Marte permanecía en silencio, observando, la imaginación hirviendo de corsarios y fragatas. Y en la soledad de la bañera, a través de los huecos que dejaba la espuma, estudiaba su sexo impúber apuntando inocentemente hacia la superficie, como queriendo emerger magnífico del fondo marino. Y se desbordaba entonces su fantasía, creyendo ver a la bestia oceánica que hundía barcos y engullía piratas, y por unos breves instantes se sentía el señor de las aguas, poderoso e inmenso.

Cuando el silencio se hacía gorgoteo y las últimas aguas se retiraban, Marte vigilaba como su sexo apuntaba hacia el remolino, empujado por la corriente; y veía entonces al batiscafo que, diez siglos más tarde, perseguía los restos de la fragata rastreando tesoros fabulosos y osamentas de monstruos imposibles. Y se sentía entonces un explorador intrépido, un arqueólogo pionero cazador de tesoros, y durante esos instantes era un hombre célebre y admirado, y su sexo era un batiscafo legendario.

El trance fantástico en que se sumía era tan profundo que, vaciada la bañera y frío el cuerpecillo, Marte seguía mirando su cuerpo y soñando con el batiscafo. Y entonces realmente escuchaba las voces de los dos tripulantes dialogando en voz baja:

- Gira quince grados, aquí, por la abertura de babor. Entrando en el casco.
- No veo bien, enciende las halógenas de fondo. Y vigílame el compartimento balasto de proa.
- Luces encendidas. ¿Ves algo?
- Espera, sí, ¡mira! ¡Detrás de las algas! ¿Es... un cráneo?
- ¡Oh!

Y Marte escuchaba las voces que resonaban roncas en el baño, hipnotizado, transportado a la exploración de la fragata hundida en el fondo oscuro de la bañera, más allá del desagüe. Las voces eran tan lejanas que casi dudaba si eran efecto de su imaginación, pero en ocasiones llegaban tan claras, y traían palabras tan indudablemente náuticas, que solo podían ser de los auténticos tripulantes de su pequeño batiscafo.

Al oír las voces de su hermano y su padre en el pasillo, Marte salía de su ensueño y estornudaba de frío.

Se apresuraba entonces: se incorporaba, secaba deprisa su cuerpecillo aterido, y salía tranquilamente del baño, pretendiendo que nada extraordinario había ocurrido en aquella bañera, que el cuento de piratas y tesoros era en efecto un cuento, y que su sexo no escondía los secretos de las bestias oceánicas y los intrépidos tripulantes del batiscafo.

Marte no volvió a recordar aquellos días hasta treinta años después, en el funeral por un viejísimo locutor que había protagonizado radionovelas de aventuras en su juventud. Era un hombre algo entrañable, un vecino de la familia, del que se pronunciaron grandes elogios en aquella triste ocasión.




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- naranja -


hoy te he visto,
de azul penetrante vestido el naranja pecoso de tu piel
y recuerdo mañanas azules de noviembre,
te enterrabas entre entretelas naranjas, tus pecas te delataban,
me urgías "¡vísteme!", así me urgías,
quebrando cómicamente tu voz naranja,
y yo te vestía,
dulce o despaciosamente, me fascinaba porque
era como deslizar paños de calma azul sobre tu piel naranja

desvestirte ya lo hacían todos tus amantes
yo opté por vestirte
de azul esa piel naranja y tus pecas, que
cada vez que vestí de azul fueron un recuerdo de cuando
vestía de azul tu piel naranja y pecosa, al igual que
hoy
te visto

de azul penetrante he vestido
el naranja pecoso de tu
piel


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- oro -

Cuando a los catorce años emergió a la superficie, Isauro Badachi no recordaba ya el sol, y le pareció una singular concentración de reflejos dorados sin mayor relevancia. Había pasado nueve años en las tripas de una mina de oro de Suriname, reptando por las grietas de las vetas para decidir si era provechoso continuar picando en cada dirección, hasta que su cuerpo adolescente fue demasiado grande para la labor y fue despedido y reemplazado.

La piel de Isauro había crecido en contacto con el oro, lo que, unido a su palidez subterránea y sus ojos casi blancos, le había conferido el aspecto de una criatura del fondo oceánico.

No obstante, lo más extraordinario de Isauro era su aliento: Tras nueve años respirando día y noche dentro de la mina, con cada bocanada Isauro exhalaba polvo de oro. Producía una cascada centelleante que caía pulverizada sobre su torso y titilaba con su movimiento. Sus dientes, naturalmente, destellaban con una miríada de brillos dorados, lo que, unido a su inusual aliento, le valió el apodo de Isauro Dragón que le acompañaría siempre.

La vida de Isauro, portentosa en todos los aspectos, ya ha sido suficientemente descrita en biografías y enciclopedias, y no es intención de esta breve reseña más que enmendar cierta imprecisión, importante sin embargo, relativa al final de sus días.

Es cierto que Isauro Badachi sufrió toda su vida de lo que retrospectivamente se diagnosticó como neumonitis química producida por inhalación de oro, pero no así que esta enfermedad causara su muerte en 1899. Muy al contrario, la realidad es que Isauro, asediado por los cazadores de talentos de los circos latinoamericanos, fingió espectacularmente su propia muerte estrangulando y espolvoreando de oro a un albino tuberculoso, tras lo cual escapó discretamente en un carguero de bandera panameña.


Cruzó así el Océano Pacífico y se instaló en una pequeña comunidad de la Micronesia, cuya ubicación exacta no se ha de desvelar, donde sucedieron dos hechos importantes:

En primer lugar, descubrió las pompas de jabón. Con su aliento áureo, Isauro comenzó a fabricar las burbujas doradas más extraordinarias, auténticos mosaicos de oro, tan cambiantes como efímeros, con el único propósito de divertir a los niños de la comunidad.

Y en segundo lugar, pese a su mala salud respiratoria, el contenido de oro en las células de Isauro le confirió una inexplicable longevidad.

Gracias a esto, a la fecha actual Isauro Dragón Badachi cuenta con ciento treinta y nueve años de edad y, salvando una impresionante y explosiva tos dorada que regocija enormemente a los isleños, se puede afirmar que goza de una salud excelente.



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- el primo Samuel -

Durante treinta y seis años recibimos sus postales con periodicidad irregular, desde los lugares más dispares del mundo: Cracovia, Buenos Aires, Phnom Penh, Ciudad del Cabo, Anchorage, Ulán Bator, Perth, Monrovia, Papeete, Belmopán.

Cada postal provenía de un lugar distinto, e iba dirigida a un nombre diferente. Siempre firmaba: "Tu primo que te quiere, Samuel", aunque no teníamos ningún familiar llamado así. En casa se convirtió en una broma común ("te mueves más que el primo Samuel", "el primo Samuel decía lo mismo").

"Querida Marta: Atenas es molesta como unos calcetines húmedos. Buscando paz en el Ágora me han robado el sombrero. ¿Puedes imaginarlo? Cuídate mucho. Tu primo que te quiere, Samuel".

Nadie sabía quién era el primo Samuel ni por qué escribía a mi casa, y con el tiempo todos fueron perdiendo interés. Yo guardaba las postales en fundas de plástico para que no se estropeasen, y a los catorce años colgué un mapa del mundo en mi habitación, sobre el que marcaba con chinchetas de colores los lugares desde donde escribía el primo Samuel: Azules si la postal era triste, rojas si era divertida, amarillas si era intelectual, y verdes en los demás casos. Observaba el mapa durante horas, intentando adivinar el siguiente paso del primo Samuel, pero su itinerario parecía errático.

"Querida Irene: He pasado la tarde jugando a espantar palomas en Tucumán. Les echaba pan para que se acercaran, daba palmadas, huían revoloteando, y vuelta a empezar. Una señora peripuesta me miraba hoscamente. Qué animal asustadizo y bobalicón, la paloma (y la señora peripuesta). Tu primo que te quiere, Samuel".


El primo Samuel me contagió el anhelo de viajar. Estudiaba el atlas cuidadosamente, leía libros de Antropología, coleccionaba guías turísticas de países donde no había estado. Puedo decir que el primo Samuel influyó en mi vida de dos maneras: Por él estudié Geografía, y a causa de él planificaba mis vacaciones observando el mapa de colores.

"Querida Eva: He querido verificar si es cierto que se juega al bádminton en Dejima, pero mis investigaciones no han sido concluyentes. Encuentro los antiguos puestos holandeses muy interesantes. Hay muchas mujeres hermosas. Tu primo que te quiere, Samuel".

Escribí una larga lista de rasgos que había descubierto sobre el primo Samuel a partir de sus postales. Brevemente, hablaba al menos seis idiomas, nunca se casó, pasó por dos fases vegetarianas y una cashrut, dejó de llevar sombrero en 1987, era bastante mujeriego, cantaba muy mal pero bailaba decentemente, y probablemente era millonario.

"Querida Laura: Estoy viendo arder una iglesia cristiana en una aldea cercana a Ndola. La gente no hace nada, sólo mira inquieta, atemorizada. Lleva horas ardiendo. Me duele el alma, pero creo que debo irme. Tu primo que te quiere, Samuel".

Pocos días después de cumplir los cuarenta años, recibí la última postal del primo Samuel. Decía:

"Querida Celia: Espero que te hayan gustado mis postales. Me encuentro en un hospital alemán muy bonito (mira la foto), y me han dicho que voy a morir pronto. He dedicado mi vida entera a conocer el mundo, y lo cierto es que sigo sin comprender nada, pero me lo he pasado en grande. En una ocasión estuve en Madrid, y vi a unos papás pasear a una niña con una mirada muy inteligente. Los seguí hasta su casa, anoté la dirección y te he escrito durante treinta y seis años. Espero haber adivinado tu nombre en alguna de las postales. Tu primo que te quiere, Samuel."


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- arqueólogo -

Jugábamos al arqueólogo, a veces, al arder la tarde. Se tendía entre los cartapacios mientras yo apilaba papeles, paleaba legajos y separaba panfleto de librote. Setecientos años de ciencia, setenta años de polvo, siete días para vaciarlo todo antes de que la renta no antigua, prehistórica, venciese por defunción.

El polvo que yo levantaba la cubría de una película mortecina, y ella quedaba inmóvil, y la luz rabiosa que agostaba las persianas trazaba rejas de fuego en el aire quieto. Parecía entonces un hallazgo milenario, la estatua que de niña jugaba a ser, cuando creía que el mundo no la descuidaría si se volvía de piedra o sal.

Yo tomaba las brochas de su padre e iba retirando cuidadosamente, con ceremonia, la delgada capa de polvo de sus pómulos, su cuello, su frente, descubriendo la piel dorada y pecosa, mientras murmuraba ooohs y aaahs de pasmo ante el hallazgo. Ella hacía por no reír, pero las lágrimas le excavaban surcos en las sienes, acá el Tigris, allá el Jordán.

Nos habíamos separado diez años antes, y hacía ocho que no nos veíamos; pero cuando me llamó y me dijo mi padre ha muerto, supe a qué me quería. De tan erudito, su casa era un museo decrépito, un vestigio de tiempos antediluvianos que había que despejar.

Fue tan sólo una semana de agosto, siete días de sudor polvoriento. Apenas hablábamos. Nos mirábamos de soslayo, recordándonos.

Y a veces, al arder la tarde, jugábamos al arqueólogo.



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- arrumbado -

Tan sumidos estaban Hugo y Alba en sus problemas, tantas y tan amargas eran sus discusiones, que el pequeño Marte se volvió translúcido y sus padres terminaron por olvidarlo; tenía entonces seis años.

Vivía tras las cortinas y dentro de los armarios, bajo las camas y en los altillos. Caminaba en silencio, comía los restos de la nevera durante la noche e iba al baño cuando sus padres no estaban en la casa. Era un niño arrumbado.

Poco a poco, Marte se convirtió en el espíritu que en secreto intentaba aligerar la carga de sus padres. Su bracito casi transparente aparecía bajo un sofá e impedía que se hiciese añicos el retrato de Alba que Hugo arrojaba al suelo con rabia. Sus manos invisibles desconectaban el timbre de la puerta cuando se acercaba el amante de su madre, y más tarde contaminaban el retrete para que la amante de su padre contrajese pequeñas y molestas enfermedades venéreas. Y su cuerpecito menudo se descolgaba desde la lámpara durante la noche y colocaba la mano de Hugo sobre la cintura de Alba para aplacarla en sueños.

Pese a los esfuerzos del pequeño, Alba y Hugo no lograban salvar sus diferencias. Marte crecía y adelgazaba, y su cuerpo terminó por volverse del todo invisible, y tan liviano como un alfiler.

Debilitado e inerme, Marte se rindió al fin. Tras vagar por la casa desconcertado, terminó por hacer lo único que sus desaparecidas fuerzas le permitieron: se tendió entre las sábanas de sus padres para arroparlos y sentir su contacto cada noche.

Desde entonces, cada mañana Hugo y Alba se despiertan con el rostro humedecido y un sabor triste y salado en los labios que no consiguen explicarse.



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- moravia -

La vida de Aquiles Goldblum, caballero negro de traje blanco y linaje impoluto, se decidió en un instante. Recorriendo la calle Mariánská frente a la Universidad de Olomouc dio en cruzar su paso con Ryba Rybar, translúcida estudiante morava de Filosofía de cabello pajizo y más pajizas entendederas.

Aquiles Goldblum, viajero incansable y hombre de largo experimentado en el tratar de las mujeres, quedó clavado sobre un adoquín por el aroma indescriptible de Ryba.

Esa fragancia sutil y penetrante, asilvestrada, exquisita y voraz, que mordisqueaba el alma y estremecía la carne; esa emanación terrena y al tiempo etérea, que comprendía todos los matices del deseo humano; aquella esencia inefable y floral, en fin, doblegó en un soplo su libertino parecer y su negra rodilla, que hincó presto en el adoquín vecino para implorar matrimonio.

Aquiles Goldblum, cristiano ortodoxo y de buen ver, hombre cultivado, reputado galán y firme tenedor de sus promesas, que no podía pasar un segundo más de su vida sin inhalar ese efluvio soberbio, comprometió definitivamente su palabra ante la estudiante desconocida. Y Ryba Rybar, católica romántica de pasiones novelescas y casi virgen, desbordantes los ojos, accedió.

Aun desconcertado por la ausencia de la fragancia, esa misma tarde sí quiso tomar en sagrado matrimonio a la estudiante en la capilla barroca de Juan Sarkandr, antigua prisión y sitio de tortura y pasión del santo.

La noche de bodas fue eterna y decepcionante. Ryba Rybar, morava pasmada y de maneras desmañadas, demostró un erotismo rancio y confesó que solo estudiaba Filosofía mientras aguardaba soñadoramente la aparición de un príncipe. Lejos de estar impregnada de la esencia inefable que Aquiles codiciaba, emanaba desde las axilas el leve tufo a pescado que su nombre prometía, exhalaba un aliento mohoso y con solera, y poseía, en síntesis, un acervo de cualidades que la equiparaba moralmente con un congrio enfermo.
La sombría verdad se le reveló apenas un día más tarde, cuando, confuso por la inexplicable desaparición del aroma que lo había enfebrecido, Aquiles recorrió de nuevo la calle Mariánská que había visto su apasionada petición de mano. Descubrió con horror una magnífica tetrastigma trepadora con una rafflesia de Sumatra en flor que gobernaba el balcón bajo el que Aquiles había declarado su amor, y que emanaba una fragancia dolorosamente conocida.

La desdicha de Aquiles Goldblum, tenorio malogrado, buen cristiano pese a todo, hombre fiel a la palabra comprometida y al sacramento conyugal, vio todavía mayor encarecimiento cuando la rafflesia de la tetrastigma se extendió con rabiosa popularidad; en pocos meses su aroma impregnó el continente entero, desde las salas de espera hasta los retretes públicos. Pronto no hubo olfato, incluyendo naturalmente el de Aquiles y hasta el de su tarda esposa Ryba, que no la aborreciera.


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- enyedrados -

En las noches rasas de agosto, abrasada de rabia, Isabella equiparaba a fauces la ventana de su vecina y amiga Eris.

A aquella abertura oval en el muro del palacete de Ludovisi esquina Cadore, enmarcada de yedra humedecida que reptaba arriba como anhelante, trepaban desesperados los jóvenes romanos, jadeando por los favores de Eris. Escalar la yedra sinuosa era el último desafío que emprendían, ávidos de la compañía de la italiana, tras salvar los muros del palacio, los perros dogos y los lacayos custodios de aquella olvidada virtud.

E Isabella, apenas un año mayor que su amiga, contemplaba a solas el denuedo de los amantes desde su ventana de madera quebradiza del otro lado de via Cadore, con el insomnio de la noche agostada.

Con la mirada lastimera recorría su propio terreno, requemado y deseco, preguntándose por qué habría Eris de gozar de la exuberancia ubérrima de aquel jardín, por qué los hombres morían enyedrados bregando por infiltrarse en su ventana; y por qué, mientras, en su propio jardín no brotaba un mal yerbajo, y no había cadetes franqueando su bajo pretil.

Es de justicia reconocer que no era Isabella menos sutil, menos armoniosa en sus rasgos o más villana que su amiga Eris. La sombra de sus caderas se curvaba sobre el pavimento como la de aquella, su mirada no era menos garza que bruna la de Eris, no era menos flexible su pisada al caminar.

¿Por qué, entonces, no habría Isabella de merecer tan húmedo un jardín vestido de rondadores?

La noche, acodada en su poyo, del treinta y uno de agosto, la visión de las fauces quedó eclipsada por un sombrero gastado que bajaba via Cadore; bajo el sombrero, una pareja de ojos como rescoldos turbios por la ceniza de los años; bajo los ojos, nariz sefardita; más bajo, traje cruzado de otro tiempo, bastón de caña de Indias y marcha ágil de paseante vivaz.

En un italiano impecable de eses deslizantes, el caminante se presentó como Samuel y averiguó el nombre de Isabella. Fue patente cómo Samuel siguió su mirada hasta la ventana húmeda de Eris, y el corazón de ella se anudó con lazada triple cuando captó que el desprecio y la compasión del judío no eran para su pequeño jardín seco, sino para la exuberancia voluptuosa del palacio y su ocupante.

Isabella comprendió en un instante que lo que había tomado por vergel no era más que follaje desaseado, que los amantes temerarios que escalaban la yedra eran apenas cucarachas que se arrastraban pared arriba a saciarse en la poza caliente.

Samuel no saltó una tapia ni escaló un muro. Entró por la puerta, descubriéndose y acercando la mano de Isabella a sus labios con deferencia. Conversó con ella sobre lagunas transparentes, arroyos de cristal y cataratas de aguas tan argentinas que espejeaban reflejando todas las verdades de la creación. Habló sobre los pétalos, las alas de las mariposas, la carne dulce de la uva mediterránea y el aroma tenue de la corteza del nogal.

El cuerpo de Isabella - laguna, arroyo, catarata, pétalo, ala de mariposa, carne de uva, aroma de nogal - despidió a Samuel con la aurora.

Y al abrir los postigos de la mañana, Isabella contempló, sonriente y complacida, la orquídea anaranjada que había brotado en su jardín durante la noche y se abría tímidamente ante su ventana.



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22 noviembre 2011

- el mundo termina en la cebra -

Hay veces de silencio: la calle calla y los muros enmudecen, y los pensamientos atruenan entonces, aunque casi nadie queda despierto para pensarlos. Quizá esa es la razón de la siesta: huir de la opresión de las horas que le sobran al día, meciéndose uno en sueños amables.

La siesta en el callejón es inmensa y de plomo, pero Libio no quiere dormirla. Nunca ha querido, porque en su breve día de hallazgos faltan las horas, y solo la dormiría para continuar un sueño que la mañana zanjó demasiado pronto. Prefiere escabullirse y jugar en el mundo.

Y el mundo termina en la cebra. Su mundo, claro está; de sobra sabe que más allá hay otro, hecho de calles de nube, árboles de piedra y coches de trapo, pero no lo anhela, o no quiere anhelarlo. Con el territorio del callejón y los millones de ideas en la forja incansable de su imaginación vive satisfecho Libio, vuestro pequeño Libio, el hijo del titiritero.

Madre Cuerda solo le permite moverse por el callejón, y allí dentro es libre Libio de jugar sin reservas. Puede salir hasta el paso de cebra donde comienza el callejón, pero ni un paso más. Ese es el trato entre Madre Cuerda y el niño, y él lo respeta escrupulosamente. Por eso ha imaginado una solemne cebra que se yergue a la salida del pasadizo, a la que se trepan las rayas desde el suelo y que es, en realidad, la frontera de su mundo. Y en el lenguaje de los pensamientos de Libio, que no es siempre fácil de entender, cabalgar la cebra o montar a sus lomos significa venir del mundo que está más allá, el de las calles de trapo, árboles de nube y coches de piedra.

Son jinetes de la cebra, por ejemplo, los clientes de los tres establecimientos del callejón, incluida la tienda de marionetas que al fondo cierra el pasadizo, donde viven Libio y su madre Cuerda. Y es un destacado centauro de cebra el señor cartero, que puntualmente trae noticias de Padre Viaje, y en su carricoche cebruno se lleva los cajones de marionetas que Madre Cuerda prepara para que Padre Viaje pueda continuar su interminada gira artística por los países y las ciudades.

A alguien quizá parecería, contado así, que el mundo de Libio es irreal y pequeño, apenas tres paredes altísimas con sus tres comercios y algunas salidas de humos, una maraña-telaraña de cuerdas de tender desguarnecidas allá arriba, siestas espesas y silenciosas, y solo cien toneladas de imaginación del hijo de un titiritero para evadirse de una prisión así pensada. ¡Nada más equivocado! Su mundo termina en la cebra, cierto, pero continúa dentro de él, hacia profundidades secretas y laberínticas, que lejos de ser una cárcel son un mundo más vasto y abundante que el del otro lado de la cebra, ese de calles de piedra, árboles de trapo y coches de nube.

Los jinetes que entran al callejón pueden creer que son libres y viven el mundo real, pero si lo pensaran se sabrían más encarcelados que el pequeño Libio, cuyo mundo es de cierto inmenso y muy real, por más que en apariencia termine donde impasible se alza una cebra.

02 septiembre 2010

- la fragata portuguesa -

La costa volcánica ya era negra, pedregosa y estéril cuando la colada de lava cayó sobre el faro.

La lengua de magma se hendió bífida, cercó la torre y le abrasó el basamento. Calcinó suelos, esperanzas y a los padres y hermanos de Namib, que contaba entonces doce años. La hija del farero no sintió nada, no se aceleró su pulso ni le fugó color del rostro cuando abrió la ventana al despertar y contempló la costa fuliginosa y aún humeante. No tuvo que enterrar a los suyos; la ceniza que los había sepultado se enfrió con la marea alta y los encastró en una tumba de roca volcánica.

En aquella costa muerta, Namib aceptó indolente la desaparición de sus familiares con el mismo desinterés con que había visto fracasar todo intento de vida terrestre: huertos, flores, mascotas y hasta pájaros, todo se ajaba y sucumbía. Hasta donde la vista alcanzaba, como dentro de Namib, solo permanecía un pedregal negro, un mar especular que reflejaba el gris metálico del cielo, y aquel faro tiznado donde refugiarse del viento abrasivo.

En adelante, Namib viviría doce años más en soledad, paseando sobre los guijarros, vigilando el encendido del faro, comiendo pescado y conservas, y leyendo la obra de Linneo en una mala edición ilustrada que encontró. Nunca, en sus doce años de silencio, tuvo Namib un sentimiento, nunca se inmutó o conmovió, nunca experimentó nostalgia ni ánimo.

En las mareas bajas de comienzo de verano, cuando el siroco tardío soplaba desde el mar, observaba a alguna fragata portuguesa varada en la playa de grano negro, con su vela extendida como implorando salvación, y a la tibieza del mediodía la veía deshacerse en agua como una medusa. Con dificultad y extrañeza comprendía, gracias a Linneo, que la fragata portuguesa no era un animal, sino más bien una colonia de hidroides con vida propia que viajaban en comunidad y se repartían las funciones: unos detectaban presas, otros digerían, los mayores defendían mediante urticantes a la colonia, los últimos llenaban la vela de aire y dirigían la navegación.

A veces, con ayuda de los dibujos de Linneo y unas pinzas, Namib desmontaba fríamente una fragata portuguesa: separaba los hidroides y se esforzaba por comprender a aquella pequeña colonia de animales que venían a morir apaciblemente juntos frente a ella.

El mundo de Namib era un faro ceniciento, una costa negra y una persona sola.




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- cajas, cuevas -



Muchos dirán que su fascinación por las cajas era un anhelo freudiano de retorno al útero.

No es cierto: Antes de ser concebido ya soñaba con cuevas.





[Foto: National Geographic]

25 octubre 2009

- trépame -

Este es el árbol sufrido, el que se ha visto salvajemente mutilado enero tras enero, solo para resurgir de sus amputaciones, olímpico, triunfante, impar. Este es el sauce que no solloza, el que no se conduele ni se aflige ni suspira. El sauce.

Y esta es Carolina, la que sonríe sin hambre, la propietaria de días largos de lasitud y cortas noches de gana, a cuyo corazón nunca le ha faltado un pedazo, o quizá nunca ha dejado de escasearle. Esta, Carolina, la adolescente tardía que ya se harta de no apartarse nunca junto al camino, la que de siete a nueve no espera junto a la escalera, la que sospecha que en silencio ya darán las diez y las once y las doce de su vida, que no habrá tibia mañana ni le pasearán torbellinos por sus venas, que no dividirá la tarea ni la marea tendrá bajo su celo, ni irá a los zaguanes ni a las plazuelas ni a maldito el sitio a andar y andar. Carolina.

Y Carolina recorre el tronco viejo del sauce con sus dedos que se dirían airosos o huesudos, o hechos para el requinto. Tamborilea la corteza, la tañe, la pulsa sabiendo como dos es dos que no le ganará un sonido. Perdida la perspectiva, anulada y sin saber ya qué hacerle, se para exhausta y contempla de cerca la piel del dios cansado.

Pero entonces, portento o delirio, tanto da, la visión se le aclara y de a pocos va descifrando, una por una por una, las siete letras que el sauce le muestra en su corteza reseca. Como quien descubre un pez en las vetas del suelo o en la humedad del yeso un dragón, sabe bien Carolina que siempre han estado ahí, o que no están de cierto; ¿pero debería importar, sería menos cardinal el mensaje que el viejo sauce le dicta?

Escribe el sauce: Trépame. Y lee Carolina: Trépame, en grafía de árbol, con su tilde y su caja alta y leñosa de viejo.

Y trepa Carolina, cuyos brazos no ceñirían el tronco ni si dobles fueran, salta y repta y se encumbra como embrujada, trepa, las fuerzas imposibles fraguadas en la raíz del sauce, araña y busca surcos y oquedades, trepa, trepa, sus muslos se tensan y amasan la piel del árbol, espolean el penco de madera sus talones desnudos, se hieren y despellejan, trepa, roza su vientre con el mástil descomunal y en él se rasga las velas, trepa Carolina y alcanza al fin las ramas altas.

Muy arriba y muy dentro, envuelta por los látigos del viejo, puede por fin Carolina escuchar la canción del árbol, y el anciano puede llorarle al fin sus lástimas. Le murmura el sauce los secretos de los árboles, lo que barruntan y no revelan jamás.

Saben ellos, los árboles, o al menos sabe este sauce abuelo todo lo que en el mundo pudo haber sido. Es el sabio del condicional compuesto y del pretérito anterior. En cada resolución donde algo se ganó y tanto se perdió, el árbol distingue qué pudo haberse obtenido y qué no se habría malgastado de haber tomado la otra opción. Como sus ramas se bifurcan, así su inteligencia conoce cómo los caminos se separan y divergen, y adónde conducen, y en qué hojas vivas o tocones muertos concluyen.

Carolina conversa largo con el sauce. Él desahoga su congoja agitando sus varas y suspirándolas, y ella aprende el pasado que no es suyo porque no fue.

Cuando desciende, Carolina derrama jugo de árbol y destila resina, sus vestidos son harapos y trae el cuerpo lacerado y trazado de llagas. Lo que el árbol fecundó en ella tardará en sanar, gestarse y aflorar. El sauce le infundió savia, la infundió sabia.

En adelante, no tendrá quizá más hambre su sonrisa ni será menos mustia su perspectiva. Otros tendremos risueños los días y daremos pasos indolentes y hablaremos de fugas de islas. Pero tomaremos el desvío del ignorante y no sabremos jamás cuánto pudimos haber saboreado. Carolina, nunca.
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27 noviembre 2008

- gólem -

Cada mañana, a la luz mortecina de los descansillos, bajabas la escalera del edificio con pasos cargados, tu abrigo de invierno y esa mirada esquiva de tejón adormilado. Tu sombra serraba los peldaños, y yo salía tras de ti, de puntas los pies, desvelada por el hambre de verte, hechizada. Eras viejo y grande y gólem para mis diecisiete años, pero yo te anhelaba, un poco intrigada, un poco enamoriscada.

Te seguía entonces al metro, arrebujada y arrebolada por el frío, bailando tu sombra pesadota a la luz de las farolas de la madrugada. Y en el vagón me ocultaba de ti tras un periódico o bajo un codo, pequeñuja he sido siempre, pero te observaba.

Y tú, mirada de tejón huidizo, adormilado, gólem, escrutabas entre los viajeros. Tardé en adivinarte qué buscabas, pero al fin lo descubrí: entre los lectores tempraneros, los muchos que cargan sus librotes, localizabas a uno que comenzara la novela en ese instante preciso. Para ello te recorrías el vagón entero, apartando educadamente a la gente, y yo te seguía, tonta, encandilada, surcando los huecos que tu cuerpo osuno dejaba tras de sí.

Y cuando lo hallabas, te quedabas inmóvil, quieto quieto como gato que escruta, y tu mirada ya no era de tejón esquivo ni adormilada; era de lagarto y lobo y león. Y cuando el lector abría la cubierta, acariciaba la portada y la portadilla, se acomodaba en el asiento y tomaba aire... ¡cómo brillaban entonces tus ojos de tigre saciado, cómo afloraba tu sonrisa lobuna de depredador! Disfrutabas la ilusión del extraño sumergiéndose en un mundo nuevo, con cien o mil o cien mil páginas por volver para alejarse del vagón atestado y la vida pequeña, como si fueras tú quien aprehendía esas letras.

Por esos momentos te quise, y también por tu mirada de tejón, y por tu sombra de diplodocus que serraba la escalera de casa. Por lo viejo y lo grande y lo gólem te quise, y creo que en las huellas de sombra que al marchar dejaste en los peldaños te sigo queriendo, aun hoy que ya no te he de perseguir más.




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